Detalles de la feria en Uyuni.
Llegamos de noche a la ciudad y el señor del hospedaje que nos fue a buscar a la estacíón de trenes nos dijo que al día siguiente, en la puerta del hostel, iba a haber feria...eso me invitó a salir temprano de la cama, aunque hacía días que no tenía una.
Cuando vi la calle me sentí un poco en mi casa, los puestos, el tránsito cortado, la gente...me recordó los domingos en Lanús queriendo ir con mi viejo, sólo por ir, ahí nomás de casa...y ahora de grande con mi hermano, que también quiere ir, parando en el único y siempre amado puesto de los juguetes a ver si algo se puede ligar. Pensé mucho cuando estaba recorriendo esa fila interminable de cosas, pensé qué es exactamente lo atractivo para mi de todo eso: creo que me gusta cuando hay mucho de algo, que difiere en colores o formas, y está todo junto...muchas telas, muchas lanas, muchos condimentos, muchos autitos, muchas personas, muchos puestos, una calle mucho más larga que en Lanús, o en la feria de frutas y verduras de La Plata.
Pensé además en que cuando voy los martes o los viernes a comprar comida no sólo hago mandados, también sé que me paso horas hablando con la familia que tiene la verdulería (que deben de estar agradecidos de mi vegetarianismo) sobre Bolivia, mis ganas de conocer su país, Evo, y todas esas cosas que me llenaron ese medio día en Uyuni cuando salí por el pasillo del hostel, con el pelo mojado y sin rumbo aparente.
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